Finalmente ha pasado la hora.
La sala está cargada de tensión. Es el centro de operaciones, acondicionado de forma precaria pero eficiente: mapas digitales proyectados sobre la pared, transmisores analógicos distribuidos sobre una mesa metálica, armamento clasificado por calibre y alcance. El murmullo de botas sobre el concreto resuena como un tambor de guerra.
Carlota se coloca al frente. Sus ojos no parpadean, su tono es firme, preciso. A su lado, quince de sus mejores agentes, vestidos de