LÍMITES DE SANGRE

–Padre –dice Astrid. – esta decisión que estás tomando me parece completamente incoherente.

Su voz no tiembla, no duda, no suplica, no busca aprobación, solo afirma con una claridad que me desconcierta y me deja inmóvil, porque no es la Astrid contenida, diplomática y estratégica que todos conocen, esa mujer educada para negociar desde la sonrisa y el silencio, sino alguien distinto, una mujer que se planta con el cuerpo entero, que ocupa el espacio, que defiende su territorio emocional con una firmeza que no admite retrocesos ni concesiones, y yo lo percibo de inmediato porque el aire del despacho cambia, porque la tensión se vuelve física, porque incluso yo, que no soy parte de su familia ni de su linaje ni de sus negocios, siento que acabo de presenciar una ruptura invisible, una grieta que no se ve pero se siente.

El señor Henderson la observa con el ceño fruncido, serio, rígido, con esa postura de hombre acostumbrado a que nadie le discuta nada, con la espalda recta y el mentón e
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