–Padre –dice Astrid. – esta decisión que estás tomando me parece completamente incoherente.
Su voz no tiembla, no duda, no suplica, no busca aprobación, solo afirma con una claridad que me desconcierta y me deja inmóvil, porque no es la Astrid contenida, diplomática y estratégica que todos conocen, esa mujer educada para negociar desde la sonrisa y el silencio, sino alguien distinto, una mujer que se planta con el cuerpo entero, que ocupa el espacio, que defiende su territorio emocional con una