Liam no vuelve a pensar, no analiza, no razona, simplemente actúa, como si su cuerpo tomara el control antes de que su mente pueda ordenar el caos que le queda clavado en el pecho después de la reunión con Jean Pol, y lo primero que hace apenas sale del edificio es subirse a la moto, ajustar el casco con manos todavía tensas y arrancar sin mirar atrás, sintiendo el rugido del motor como la única forma de acallar la mezcla de furia, humillación y miedo que le atraviesa el cuerpo.
El viento le golpea el rostro mientras avanza por la ciudad, pero no lo refresca ni lo calma, porque la conversación se repite en su cabeza una y otra vez, cada frase dicha con falsa cortesía, cada sonrisa cargada de veneno, cada pregunta lanzada como una acusación directa a lo más vulnerable de su orgullo, y aunque intenta concentrarse en el tráfico, en los semáforos, en las curvas, no puede evitar recordar la manera en que Jean Pol lo mira al final, como si ya hubiera ganado algo, como si hubiera logrado se