El encuentro no ocurre por casualidad, ni por impulso, ni siquiera por necesidad inmediata, sino como consecuencia inevitable de todo lo que se ha ido acumulando en silencio, de todo lo que ninguno de los dos ha dicho en voz alta pero que, sin embargo, se respira en el aire desde el instante en que Liam acepta ese café, porque no se trata solo de una conversación pendiente, sino de un movimiento calculado dentro de un juego mucho más complejo de lo que aparenta, un juego en el que cada palabra