Días después, la rutina en la empresa Laveau vuelve a instalarse con una normalidad apenas aparente, porque bajo la superficie ordenada de reuniones pautadas, informes cuidadosamente redactados y correos formales que circulan con precisión casi mecánica, persiste una tensión constante que Amara percibe en cada gesto contenido, en cada saludo demasiado breve en los pasillos, en cada conversación que se interrumpe de manera abrupta cuando ella aparece, como si todos supieran que hay algo pendiente de resolverse y nadie se atreviera a nombrarlo en voz alta.
La empresa funciona, los números avanzan, las colecciones continúan su curso, pero hay una sensación densa, casi eléctrica, flotando en el aire, y Amara lo sabe porque lo siente en el cuerpo, en la rigidez de sus hombros, en la dificultad para concentrarse más de unos minutos seguidos sin que su mente vuelva, una y otra vez, a la conversación inconclusa entre Jean Pol y Liam, a esa promesa implícita que todavía no se materializó y que