La casa está en silencio cuando Amara cruza el umbral, un silencio espeso, cargado de una tensión que parece haberse instalado en las paredes durante su ausencia, como si cada objeto hubiera sido testigo de algo que aún no termina de decirse, y apenas cierra la puerta detrás de ella, ese silencio se quiebra con el leve clic de la cerradura, un sonido insignificante que, sin embargo, le atraviesa el pecho como una advertencia, porque sabe en ese instante que ya no hay marcha atrás, que todo lo que ha postergado, todo lo que ha evitado enfrentar, la está esperando allí dentro, paciente y despiadado.
El olor a café frío le confirma que Liam está en casa, que no se ha ido, que no ha huido como ella había temido durante el trayecto, y aun así no lo ve de inmediato, porque él está en la cocina, de espaldas, apoyado contra la encimera, con los brazos tensos y la postura rígida, como si su propio cuerpo fuera lo único que lo mantiene en pie.
Liam escucha la puerta abrirse, siente sus pasos, r