De repente, una enfermera empuja la puerta con un golpecito tímido y asoma medio cuerpo, mientras sostiene un sobre blanco, grueso, sin remitente. Sus ojos recorren la habitación con una mezcla de prisa y respeto. –Disculpen que interrumpa –dice, quedándose en el umbral.– Dejaron esto en recepción para la señora Laveau. Me pidieron que lo entregara en mano.
Liam se endereza en el sillón, como si un resorte lo arrojara a la vertical. Amara, que hace un minuto parecía una estatua hecha de respir