–No quiero tener miedo –dice Amara, mirándose las manos, como si buscara en ellas la receta exacta de su coraje.– Juro que no quiero. Pero cuando leo su letra… vuelvo a tener cinco años. Vuelvo a… –se interrumpe. Respira. Vuelve a buscar el ritmo que le enseñó Liam.– No voy a dejar que me dé órdenes desde un papel.
–Entonces haz algo que le moleste –propone él, suave, casi con una sonrisa.– Viví.
Amara lo mira, sorprendida por la sencillez. Está a punto de responder cuando el teléfono de la