Ares tardó varios segundos en recuperar el aliento con Agnes aun entre sus brazos. El peso de su cuerpo no le resultaba una carga; al contrario, era una necesidad. La sentía tibia, viva, rendida contra él, y eso le devolvía una calma peligrosa, una que solo ella sabía provocar. Ambos estaban sudorosos, con la respiración irregular y la garganta seca, como si el deseo también les hubiera robado el aire.
—Tengo sed —murmuró ella, apoyando la frente en su hombro.
Él asintió sin decir nada y caminó