—Sabes… hace mucho tiempo descubrí que me equivoqué —dijo Agnes, con la voz rota pero firme—. Deseé tantas cosas que hoy tengo, y aun así… todas son insignificantes cuando las comparo con lo que perdí.
Ares permanecía frente a ella, rígido, con los hombros tensos y el pecho subiendo y bajando de forma irregular. No esperaba aquello. No después de tanto silencio, de tanto daño acumulado.
—Sé que nada de lo que diga podrá hacerte cambiar de opinión —continuó ella—, y lo respeto. Pero necesito que