Ares empujaba la camilla con una fuerza contenida, como si cada paso fuera lo único que le permitía no estallar por completo. Sus manos, firmes sobre el metal frío, contrastaban con el incendio que llevaba por dentro. La camilla avanzaba por los pasillos rumbo a terapia intensiva, escoltada por personal médico que apenas se atrevía a respirar.
Agnes yacía inmóvil.
Ese simple hecho lo desbordaba.
Había visto cuerpos en peores condiciones, había enfrentado emergencias límite, había sostenido vida