La puerta de terapia intensiva se cerró con un siseo mecánico que a Ares le pareció ensordecedor.
Vidrio. Acero. Distancia.
Eso era todo lo que lo separaba de Agnes.
Se quedó de pie frente a la sala, inmóvil, con la mirada fija en el interior. Podía verla a través del vidrio: su cuerpo conectado a monitores, los cables recorriéndola como raíces artificiales, el pecho subiendo y bajando con ayuda de las máquinas. Estaba allí… pero al mismo tiempo, tan lejos, que el simple pensamiento le apretaba