La idea de contar la noticia no surgió al instante, pero dentro de ellos sabían que era necesario compartirlo con su familia.
Llegó una noche tranquila, sentados en el sofá, cuando Agnes apoyó la cabeza en el hombro de Ares y deslizó los dedos sobre el anillo, aún como si no terminara de creer que estaba allí. Ares la observó en silencio y supo que ese momento merecía ser compartido con las personas correctas.
—Tenemos que decirlo —murmuró él.
Agnes levantó la mirada.
—Sí —respondió—. Pero quie