Ares llevaba días con una sensación persistente en el pecho.
No era ansiedad ni apuro. Tampoco una idea repentina. Era algo más profundo que se había ido formando despacio, casi sin darse cuenta, mientras observaba a Agnes en los pequeños gestos cotidianos: en la forma en que escuchaba con atención, en cómo sonreía sin esfuerzo, en la calma con la que ahora ocupaba los espacios de esa casa que él compró cuando ella lo dejó y se encontraba perdido.
Habían pasado por demasiado.
Habían cruzado lím