Salió corriendo. Fue lo último que escuché mientras trataba de controlar la presión de la vena que me palpitaba en la maldita polla. Una puta erección causada por ese demonio de tasmania.
La sangre me ardía, golpeándome en todos los lugares equivocados.
Una parte de mí quería ir tras ella, sacarle de la cabeza esa mirada desafiante, esa boca insolente. Respiré hondo, pero no sirvió de nada. El sabor de sus labios seguía marcando el límite de mi autocontrol. Había besado muchas bocas, demasiad