La puerta de caoba maciza se cerró a espaldas de Valentina con la finalidad de una lápida. El sonido metálico del cerrojo automático resonó en el silencio presurizado de la oficina, cortando de tajo el zumbido constante y caótico de la prisión.
Aquí dentro, el aire estaba acondicionado a una temperatura glacial y olía a cera para muebles y a un perfume floral rancio que intentaba enmascarar el olor del miedo.
La directora Carmenza no estaba sentada detrás de su imponente escritorio de roble. Es