Sentada frente al espejo, me dediqué por un buen rato a cubrir con maquillaje las marcas que Sebastián había dejado en mi piel ese día en el Moserati. Me había marcado el cuello, la espalda, el escote, los muslos, los senos...
Todo mi cuerpo estaba repleto marcas rojas, y esa noche habría una cena en el penhouse para celebrar la firma de contrato entre el conglomerado de mi marido y la empresa de Gisel Keller. Todo mundo estaría allí, desde Abril hasta el socio de Gisel, el señor Daniels.
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