DAMAS PERTENECIENTES

Muda y totalmente congelada, solo pude observar con los ojos bien abiertos cuando el señor Daniels entró a la terraza y cerró la puerta corrediza tras él, encerrándonos a los tres fuera del penhouse.

Con paso firme, se aproximó a Gisel, ignorándome a mí por completo.

—¡¿Qué rayos ha salido de tu boca?! —le siseó tomándola por el cuello.

Pero, contrario a lo que creí, Gisel sonrió aún más y me señaló con un gesto de cabeza.

—Te lo dije, querido. Te dije que la encontraría, y eso hice.

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