El dolor y la rabia se adueñaron de su ser. Se sentía culpable, pero así mismo culpaba a las cartas. Pero no tenía por qué echarles la culpa, ellas nunca mentían, siempre decían la verdad. Pero entonces, ¿en qué quedaba la lectura hecha por Karla? ¿Podría fiarse de una muchacha de diecisiete años, quien no llevaba más de un año haciendo lecturas, así estas hubieran sido correctas? No lo sabía, y su estado mental no le permitía hacer una profundización más objetiva de la situación.
Aparte d