Pero con Alejandro delante no iba a lograrlo. Si él se quedaba de adorno, ¿qué clase de hombre sería?
Apenas levantó la mano, él le sujetó la muñeca con firmeza; su rostro mostraba igual dosis de rabia y repugnancia. Con un giro brusco la obligó a dar varios pasos atrás: de no ser porque topó con la puerta, habría terminado en el suelo.
—¡Ah! —gimió ella, adolorida, a punto de llorar. Miró a Luciana con más odio y luego a Alejandro—. ¿Quién eres tú? ¿También eres su amante?
¡Vaya boca para algui