Luciana no respondió. Pero no podía engañarse a sí misma. Su corazón latía con fuerza. Decir que no sentía nada sería una mentira. Desde pequeña, muy pocas personas habían sido amables con ella, y precisamente por eso, cada gesto de bondad lo guardaba con gratitud. Cada acto de buena voluntad hacia ella lo atesoraba, con el deseo de devolverlo diez veces más…
-
Al salir del hospital, Luciana regresó a la Casa Guzmán. El abuelo Miguel, encantado de verla, enseguida llamó a Alejandro. Agarrando la