Alejandro entrecerró los ojos. Su voz sonó como un reproche:
—¿Qué se supone que haces?
—Quería ayudarte a quitar la ropa… así estarías más cómodo. ¿Te desabrocho la corbata también? —explicó Juana.
—No te necesito —soltó Alejandro, aflojando la mano y apartándola. Entonces él mismo se quitó la corbata y la chaqueta con movimientos bruscos. Cuando terminó, se quedó mirándola fijamente.
—¿Y ahora qué pasa? —preguntó ella, un tanto insegura. Como buena niña mimada, no tenía experiencia cuidando de