—¡Cuidado! —exclamó Alejandro al sostenerla con fuerza. Su ceño se frunció al notar la fragilidad de sus piernas, y acto seguido la cargó en brazos—. Ya no vas a seguir arrodillada, no lo permitiré.
Miró de reojo a Fernando para despedirlo:
—Buen viaje de vuelta, señor Domínguez. Disculpe que no lo acompañe a la salida.
Sin más, se dirigió al cuarto de descanso llevando a Luciana. Allí la acomodó en un sofá, extendió sus piernas sobre las suyas y subió la tela de su pantalón para ver el estado d