Mi madre y él estaban enamorados, pero tú y tu madre se empeñaron en conservar esa farsa.
Recordar aquellos días de clandestinidad y vergüenza la hacía temblar de rabia.
—¡Fue culpa de tu madre! —exclamó Mónica, con lágrimas en los ojos—. Ella siguió atada a mi papá, provocando que mi mamá viviera en la sombra y yo creciera como una hija no reconocida.
Luciana quedó pasmada ante la forma en que Mónica torcía los hechos.
—¿Ya estás conforme? —continuó Mónica, apretando los dientes—. Con tu chisme