—Hermana… —musitó el chico, asintiendo mientras se inclinaba para abrazarla. Le sacaba varios centímetros de estatura, así que la envolvió con sus largos brazos—. Me esforzaré, te lo prometo.
—Sí… —replicó Luciana con un hilo de voz—. Aquí te espero.
Finalmente se separaron. Juan y Balma guiaron a Pedro hacia el control de seguridad. El muchacho se volvió por última vez para agitar la mano en dirección a su hermana.
—¡Pedro! —Luciana se paró de puntillas—. ¡Buen viaje!
Él esbozó una sonrisa y co