Fernando le devolvió la sonrisa con amabilidad.
—Sí, soy yo. —Señalando hacia el interior, preguntó—: ¿También vienes a la fiesta? —Había un tono de curiosidad en su voz; no entendía por qué Luciana estaría en un evento de este tipo.
—Sí. —Luciana sonrió y dio una explicación vaga—. Fue casualidad, resulta que alguna vez salvé al dueño de Lago Escondido.
—¿El señor Alberto Delgado?
Luciana asintió.
—Sí, podría decirse que fue uno de mis pacientes.
—Ya veo.
Después de intercambiar algunas palabra