Cuando apenas despuntaba el alba, Luciana ya se había levantado. Martina, aún medio dormida, entreabrió los ojos.
—¿Qué hora es?
—Todavía es muy temprano. —Luciana acarició su mejilla, suave y redondita—. Voy a desayunar con Pedro. Tú sigue descansando.
—Ah… —murmuró Martina, cerrando de nuevo los ojos con docilidad.
Luciana se vistió en silencio, salió de casa y tomó un auto rumbo a la Estancia Bosque del Verano. Al llegar, fue Balma quien le abrió la puerta.
—El joven Pedro está terminando de