Ella no contestó; pensaba que aquella “comprensión” solo era una trampa. Tenía enfrente a un hombre demasiado poderoso y no sabía cómo evitar que la abrumara.
—Alejandro… —musitó Luciana, con voz más temblorosa de lo que habría querido. Extendió la mano para aferrarse a la solapa de su chaqueta—. Te lo ruego, no lastimes a Pedro. Él no sabe que Ricardo es su padre; no lo sabe… siempre creyó que sus papás, mi esposo y yo, no existían desde hace tiempo.
Las lágrimas se agolparon en su garganta, y