—Cuídese, abuelo. Vendré a visitarlo luego.
—De acuerdo, buena niña —respondió Miguel con afecto.
Luciana se volvió para salir sin mirar a Alejandro.
—¡Luciana…! —intentó llamarla él.
—¡Detente! —interrumpió Miguel, alzando la voz—. ¿Con qué derecho vas a perseguirla?
—Abuelo… —Alejandro estaba aturdido. No sabía qué hacer ni qué decir; el abuelo había movido todas sus fichas de pronto.
—No la sigas —repitió Miguel en un tono más suave, pero con cansancio—. Piensa en ti mismo… ¿Acaso quieres que