Con tantas miradas fijas en ella, Luciana no tenía escapatoria. Además, pensando en Pedro, no le era posible llevarle la contraria a Alejandro.
—Delio, creo que es mejor que todos bajen ya —dijo con una leve sonrisa.
—De acuerdo…
—¡Excelente!
—Bueno, vámonos, que ya muero de hambre.
—Lo mismo digo, no he comido casi nada en todo el día para guardar espacio.
Entre bromas y comentarios, el grupo salió al estacionamiento, haciendo como si nada hubiera pasado. Con el apoyo de seis o siete autos que