Sin embargo, en ese instante Alejandro se adelantó, extendió su brazo y la empujó de nuevo con un golpe sordo:
«¡Pum!»
El pálido reflejo de la luz se filtró por la rendija mientras la puerta se cerraba de golpe otra vez. Alejandro, pegado a su espalda, cubrió su espacio con un tono grave:
—De acuerdo, iré a ver al médico. Pero vas conmigo.
—¿Eh? —Luciana giró un poco la cabeza—. ¿Por qué debería acompañarte yo?
—Luciana… —Alejandro frunció el ceño con una mezcla de furia y frustración—. ¡Eres mi