En el centro de la pequeña habitación se veía un banco largo de madera, donde Luciana estaba recostada, completamente vestida, pero inconsciente. Ni la enfermera ni Alejandro lo podían creer.
—¿Doctora Herrera, qué le pasó? —exclamó la enfermera, sobresaltada.
—¡Luciana! —repitió Alejandro, llegando en un par de pasos. Se arrodilló a su lado y la levantó con cuidado, sosteniéndola en sus brazos—. ¡Enfermera, avise a un médico, mi esposa está embarazada!
—¡Claro! —asintió ella, dispuesta a correr