Alejandro, solo y con la cabeza llena de pensamientos acerca de lo sucedido, decidió ir tras ella, intentando suavizar las cosas.
Se colocó a su espalda y se inclinó para abrazarla: —¿Ya otra vez con los libros? Me olvidé de preguntarte… ¿cenaste bien?
La cercanía le permitió a Luciana percibir un suave aroma femenino, probablemente de algún perfume impregnado en la ropa de Alejandro. Ella no usaba perfumes, así que todo apuntaba a que venía de Mónica.
—Sí, cené con Martina —respondió sin darle