Alejandro se tensó un instante, para luego asentir con la cabeza.
—Ella también recibirá. No quiero que se enferme…
—Como lo imaginaba —murmuró Luciana, con una sonrisa apenas irónica. «Es obvio que esto no lo preparó para mí», pensó, «fue porque Mónica terminó empapada». Así que no tomó la taza.
—Puedes llevárselo a ella. Yo no lo necesito —añadió, mientras se recostaba de nuevo y se tapaba con la cobija.
—¿Cómo que no lo necesitas? —replicó Alejandro con gesto serio, sosteniéndola del brazo an