Enseguida captó que el abuelo no estaba bromeando. Sus sienes comenzaron a latir con fuerza.
Frunciendo el ceño, su voz se elevó, evidenciando enojo y reproche:
—¿Qué le hiciste a Mónica?
—Hum. —Miguel dejó escapar un bufido, irritado—: Alejandro, cómo has crecido. Desde que apareció esa Mónica, no has hecho más que ofenderme, incluso tuve que ser ingresado varias veces al hospital. ¿Quieres matarme de un disgusto?
Sus ojos destellaron con dureza.
—Crié a un desagradecido… ¡vaya castigo para mí!