—Abuelo…
¿Cómo podía Luciana aceptar algo así? Apenas había logrado escapar de un matrimonio que no era sano, ¿y ahora debía saltar nuevamente a esa hoguera?
Al notar su descontento, Miguel suspiró.
—No tienes que responderme ahora. Para algo tan importante, es natural que necesites pensarlo, ¿no crees?
Sonrió con ternura.
—Te doy dos días, pasado ese tiempo, me contestarás. Mientras tanto, el dinero que necesites te lo daré. No es mucho y no tienes que devolverlo. ¿Acaso el abuelo le pide a una