Luciana lo miró incrédula, con los ojos muy abiertos.
¿Con qué descaro decía esas cosas?
—Tú sabes que me gustas. ¿De verdad puedes ser tan cruel como para dejar a alguien que te quiere preocupado y angustiado?
¿Qué clase de lógica era esa? Luciana soltó un bufido, ni siquiera dignándose a mirarlo, y siguió caminando.
—¿Luciana? ¡Luciana!
Sin obtener respuesta, Alejandro encendió el coche y comenzó a seguirla lentamente, avanzando junto a ella.
Luciana ya había investigado la ruta. Sabía que des