Alejandro tampoco tenía idea. No tuvo tiempo de responder antes de que el elevador se detuviera abruptamente. En el siguiente instante, las luces se apagaron.
—¡Ah! —Luciana gritó, asustada. La oscuridad era total.
—¿Alejandro? —llamó, con la voz llena de incertidumbre.
—Aquí estoy.
Antes de que pudiera reaccionar, sintió cómo la envolvía un par de brazos cálidos y fuertes, un contacto familiar que hacía tiempo no sentía.
El aroma a menta y colonia masculina llenó el aire. Alejandro la sostuvo c