No estaba equivocada. En ese momento, la expresión de Alejandro no era mucho mejor que la de un espectro.
Los ojos oscuros y ardientes de Alejandro parecían querer atravesarla.
—Luciana, ¿de verdad tienes que seguir enredándote con un hombre casado?
Luciana lo miró, con su rostro tan cerca que casi podía sentir su respiración. Su labio tembló apenas, pero no dijo nada.
¡Esa actitud! Alejandro estaba cada vez más furioso.
—¿No me escuchaste? —dijo, inclinándose aún más cerca, encerrándola en un e