—Entonces esperamos un poco y comemos cuando sirvan.
Ricardo cambió la mirada hacia Clara y Mónica, que estaban sentadas al otro lado de la mesa.
—Luciana, saluda a tu tía y a tu hermana.
Luciana frunció ligeramente el ceño, pero recordó el motivo de su presencia. Tragó el malestar que sentía y asintió con una leve inclinación de cabeza.
—Tía, hermana.
Clara, con una sonrisa que apenas escondía su falsedad, respondió:
—Luciana, qué gusto verte.
Sus palabras sonaban tan vacías como su gesto.
—Hac