Alejandro la miró directamente.
—No me importa. ¡Solo confío en ti! —No soltaba su mano, y su expresión revelaba un dolor que lo hacía parecer casi vulnerable.
Luciana no sabía qué decir. El Alejandro herido era tan terco como un niño. Decidió tratarlo como si fuera su hermano Pedro, así que intentó calmarlo:
—El doctor Delio es mi mentor, es una autoridad nacional en cirugía general…
—¿Qué me importa un don nadie? No confío en él. —Alejandro, con el rostro impasible, insistió, su terquedad era