—Puedes enojarte conmigo, puedes gritarme todo lo que quieras, ¡pero no me digas eso! —exclamó, su voz rota por la emoción—. No puedo… no puedo aceptar eso. ¡No lo hagas!
Luciana alzó la vista, encontrándose con su mirada llena de dolor.
—Fer… —susurró, con un leve brillo de tristeza en sus ojos—. Por favor, cálmate y escúchame, ¿sí?
En la esquina de la calle, dentro de un Bentley Mulsanne, Alejandro observaba la escena desde el otro lado del cristal.
A través de la ventana, podía ver cómo Ferna