El auto se detuvo frente a Luciana. El cristal de la ventana bajó lentamente, y Sergio asomó la cabeza con una sonrisa relajada.
—Luciana, ¿a dónde vas? Súbete, te llevo.
Luciana lanzó una mirada fugaz al asiento del copiloto y se quedó desconcertada. Alejandro estaba sentado allí, inexpresivo. ¿Qué hacía él en el asiento del acompañante? Algo no cuadraba.
—No, gracias, no hace falta —respondió rápidamente, sacudiendo la cabeza. Subirse al auto de Sergio solo complicaría más las cosas.
—Anda, sú