Luciana no respondió. Pero sus palabras solo avivaron el enojo de Alejandro, quien, con un tono más gélido aún, logró sonar peligrosamente amable.
—Luciana, él te está haciendo una pregunta. ¿Por qué no le respondes? No es muy educado ignorar a alguien, ¿verdad?
Ese tono sarcástico era imposible de ignorar. Luciana tensó el rostro y se volvió hacia Fernando, tratando de mantener la calma.
—Estoy bien. Gracias por traerme de vuelta. Ahora puedes irte.
—Luciana…
Fernando no parecía haberla escucha