Esa era su naturaleza. No era hombre de abandonar sus responsabilidades.
—Luci… —Martina no encontraba palabras para expresar lo que sentía. Se sentía impotente y dolida—. Perdóname, soy inútil. No he podido ayudarte en nada.
—No llores más, Marti —le dijo Luciana, sonriendo mientras tomaba una servilleta y le limpiaba las lágrimas—. Ahora que ya sabes todo, por favor, habla bien con Vicente. No quiero que vuelva a hacer alguna locura.
—Descuida, Luci. Yo me encargaré de que no cometa ninguna to