De regreso, Salvador dejó los peces junto al fogón, se arremangó y miró a Martina:
—¿Cómo te los quieres comer? ¿A la parrilla o en caldo?
—Eh… —Martina siguió un poco en las nubes—. Como sea.
—Entonces yo decido —sonrió—. Voy viendo.
—Te ayudo.
No pensaba quedarse mirando y solo llegar a la hora de comer. También se arremangó.
—Perfecto —le respondió él con una mirada breve.
Se repartieron el trabajo: a los de la parrilla les pusieron condimentos y dejaron la olla del caldo montada. De paso ech