Al ver lo nervioso que estaba, Martina se quedó un segundo inmóvil y luego sonrió. Quiso bromear, pero las palabras no le salieron. Suspiró bajito y asintió.
—Está bien, te perdono.
Salvador se quedó helado. La respuesta que había esperado —la que hasta en sueños había deseado— le llegaba así, sin resistencia. Le pareció más irreal que un sueño.
Tragó en seco, incrédulo.
—Martina, ¿de verdad?
—Ajá. —Ella giró la taza entre las manos, con una sonrisa franca—. ¿Alguna vez me oíste mentir? Si no te