Fue seguido por el estruendo de un trueno.
La tormenta comenzó de repente, con una lluvia fuerte y ruidosa.
Luciana frunció el ceño, mirándolo con urgencia.
—¡Anda, ve ya! La lluvia está empeorando, y así será más difícil encontrarla.
No estaba molesta; de hecho, estaba pensando en su bienestar. Alejandro no supo cómo sentirse: ¿debería alegrarse o entristecerse?
Se levantó con el ceño fruncido.
—Voy entonces. Tú sigue comiendo, pero sin apuro. Comer deprisa hace mal.
—Lo sé. —Luciana asintió co