Salvador se había quedado en la sombra, a cierta distancia del portón. Martina salió con una bolsa de basura en la mano.
Después de cenar, su papá le había pelado unas manzanas para hacerle una compota tibia con canela; su mamá, por su parte, le tejía un suéter con ese patrón isleño que a Martina le encantaba. A ella le había tocado el “gran encargo” de bajar la basura.
—¿Será mucho para ella, aunque sea aquí cerquita? —aún había dudado Laura.
—No pasa nada —la tranquilizó Carlos—. Es aquí, en l