La lluvia caía con fuerza.
Alejandro sostenía el paraguas mientras observaba a Luciana. Ella estaba empapada, pero aún así le sonrió, débilmente.
—Alejandro...
Solo bastó una mirada para que él perdiera el control. Caminó a grandes zancadas hacia ella, empujándole el paraguas en las manos.
—¡Toma! —ordenó, con tono mordaz.
—…Ah, gracias —dijo Luciana, recibiendo el paraguas sin mucho ánimo.
Un segundo después, Alejandro se quitó la chaqueta y la envolvió con ella de un tirón, cubriéndola de la c